Los Años en La Cocina

noviembre 12, 2010

Honor a quien honor merece. Este escrito NO es mío, pero hace años lo leí y hoy se me dio por compartirlo. Sí, sé que es un texto algo largo para esta generación de 140 caracteres y webcomics pero los invito a que le den más de 5 minutos de su tiempo para leerlo. Está muy bien hecho y es de mis historias favoritas. Tristemente no conozco el nombre del autor ni su sitio web, pero cuando lo leí usaba el nombre de Relicto.

 

Ya se había encendido la luz en el sótano, pero uno de los moradores tardaría media hora más para bajar al sagrado suelo, único en la mansión, que conservaba aún un dejo de carencia. El sótano constaba de dos habitaciones separadas por una pared lánguida y comunicadas por una puerta de pino que las polillas acechaban clandestinamente. La cocina, que era a donde se llegaba por las escaleras de cemento, le presumía senilmente al resto de la casa su piso de mosaicos cuadrados turquesa y blanco que en otra época hubieran deslumbrado con su fulgor al que los viera, pero que con el incesante paso de los años cedieron por fin a la opacidad. Debían medir las paredes de la marchita cocina apenas unos cuatro metros; sin embargo, la pieza admitía milagrosamente un refrigerador pequeño y una estufa de gas que daban la espalda al muro, así como una menuda mesa de madera situada precisamente en el centro. La decrepitud de la mesa la hacían más llevadera dos sillas rústicas situadas una enfrente de la otra. La habitación contigua albergaba un buró de madera y una cama modesta, sin almohadas y con una cobija de lana que rara vez se usaba, porque allí siempre hacía mucho calor. Cada noche le entraba al que allí durmiera una sensación espiritual de paz interna.

Ocupaba su sitio el primer hombre. Su atuendo iba bien con el sótano: vestía unos pantalones veteranazos añiles que trataban inútilmente de esconder máculas grises y una camisa que los años en la cocina habían teñido de amarillo. Calzaba unos botines negros, tan sencillos que no combinaban sino con su expresión. Era un hombre moderadamente corpulento, de altura media y gesto adusto, como de quien asiste a su propio funeral. Su cabello se debatía entre negro y plateado y no sabía el hombre en qué momento acabaron los años con su fortaleza, otrora envidiable. Parecía de unos sesenta abriles, aunque la cuenta, de complejidad pendenciera, no la llevaba ya. Tampoco portaba reloj. Esperó sereno a su compañero.

Finalmente bajó el otro las escaleras. Portaba éste un cierto aire de respetabilidad inherente a él y que nada tenía que ver con el traje que vestía. Se trataba de un conjunto de saco y pantalón del color y la textura de una nuez de Brasil, que en esta ocasión iban acompañados por una camisa castaña de algodón y una corbata ocre. El hombre, de movimientos elegantes y garbo al caminar, ostentaba unos zapatos y un cinturón cafés de piel de cabra y un prominente reloj de oro que empezó puntual su andar una vez más. Fornido, firme, cordial, aquel señorón evocaba distantemente el recuerdo de Porfirio Díaz, con su bigote severo y su mirada austera e indolente, como de quién lee un periódico en otro idioma. Sus indescifrables ojos eran quizá lo único de él que contrastaba notoriamente con su personalidad afable y franca. En la mano izquierda cargaba un pañuelo sencillo y con la derecha transportaba una baraja anglosajona de reverso escarlata. Tomó asiento en la silla solitaria, levantó la cabeza para fijar su mirada honda en los ojos de su oponente y preguntó “¿Listo, Nicanor?”

––Cuándo usté guste, don Fermín ––respondió con voz veraniega y añadió en broma––: Ya sabe que aquí el que tiene prisa soy yo.

––Eso sí ––replicó don Fermín por seguirle el juego––. Ahora, bien sabes tú que a mí lo mismo me da el tiempo que nos tardemos.

Pero no podía don Fermín ocultar su nerviosismo. Gotas frías se condensaban en su frente para delatar su vacilación mientras ponía el montón de cartas al centro de la mesa. Escrutaba los ademanes de su adversario con una crudeza disfrazada de interés. Súbitamente apretó el puño izquierdo, que luego relajó para llevarse el pañuelo a la cara y secarse el sudor.

A don Fermín le irritaba mucho el hecho de que todas las noches fuera lo mismo. Apenas se sentaba, su saliva se volvía espesa, la frente se le humedecía y sentía ese frío interior que le ocasionaba el miedo a perder. Se exasperaba más cuando caía en la cuenta de no notar su problema en Nicanor, aunque frecuentemente se consolaba diciéndose que la serenidad de su oponente no provenía de su sabiduría, sino de su irracionalidad. Y es que don Fermín siempre prefirió el lujo exánime y eterno de la mansión.

La casa tenía no menos de diez habitaciones que se disputaban las dos plantas sobre el suelo. Una elegante madera lustrada recubría todo el piso, pero las paredes eran de concreto y lucían un tenue color durazno. La extensa sala estaba adornada por una mesa oblonga con capacidad para unas doce personas, muebles estilo colonial y un enorme reloj de péndulo. El reloj, un bello ejemplar de cedro rojo, contemplaba día tras día seria y calladamente a los dos hombres que ocupaban la mansión. Hacía mucho que se le olvidó cómo funcionar, de modo que se dedicaba enteramente a observar lo que sucedía en la residencia. Blanca por fuera, la mansión que ocupaban don Fermín y Nicanor despedía un viento de majestuosidad. No faltaban ventanas y las dos columnas imponentes que coronaban la puerta de madera labrada querían dar indicios de la singularidad del lugar. Los jardines no eran menos elegantes. Se podían encontrar allí flores de toda región, estación y clima adornando el pasto azul que crecía sin tregua. Pero a pesar de la belleza del patio, don Fermín y Nicanor no pasaban allí un minuto si no los obligaba su tarea de jardinería, porque aquél estaba más allá de las paredes que delimitaban la perennidad de la casa. Cuando sentían deseos de contemplarlo, los dos moradores generalmente se sentaban apacibles a verlo a través del diáfano cristal de la ventana.

Don Fermín barajó las cartas. Notó, como siempre, la quietud que Nicanor guardaba mientras sus manos agitadas definían ciegamente el destino de los dos. Entonces recordó la noche en que, tras una enrevesada discusión, decidieron los caballeros que se repartiera una sola vez por noche. Desde entonces, si bien alguno había respondido a la derrota con antipatía, ninguno había vuelto a protestar por el resultado. Don Fermín se sorprendía a ratos de la cantidad tan reducida de altercados que se habían dado con el juego. La paz se debía probablemente a la tolerancia de Nicanor, que nunca se quejó de su suerte, entendiendo que su estancia en esa mansión, dejada de la mano de Dios, le había provisto de muchas tardes que no tenía derecho de exigir. Y es que Nicanor aprovechaba su vida. Cuando le correspondía vivir arriba, leía clásicos de la literatura mundial y escribía novelas. En ocasiones inclusive visitaba a su compañero en la cocinita para jugar damas. Don Fermín jamás actuó de manera similar. Descansaba examinando el jardín, hacía ejercicio ó leía el diario con una avidez falsa por enterarse de los sucesos de un mundo que, cansado y viejo, seguía su curso. Nicanor en la cocina sospechaba, con justo acierto, que don Fermín gustaba de las novelas que aquél escribía para sí.

El desasosiego se escabulló en don Fermín mientras el hombre repartía. Siempre era igual: todas las noches, al momento que levantaba sus cinco cartas, resucitaba su memoria la tarde lluviosa en que don Fermín compró la casa. El hombre sombrío y misterioso que renunció a la longevidad voluntaria al deshacerse de su vistoso aposento les proporcionó instrucciones claras. En ese tiempo, Nicanor siempre era el sirviente de don Fermín. Según el que le vendió la casa al apagado caballero que miraba sin afán sus cartas, don Fermín y Nicanor debían probar suerte todas las noches para decidir quién tendría derecho a la vida eterna de la mansión. Quien perdiera ocuparía el sótano y envejecería al atender al otro hasta la noche en que ganara. Don Fermín mantenía la esperanza cuando, a media voz, solicitó cambiar cuatro cartas. Nicanor cambió dos.

La idea de jugar póquer se le ocurrió a don Fermín la primera noche. Por aquel entonces los dos gustaban del juego y utilizaban la misma jerarquía de manos, de manera que el asunto se arregló allí mismo y no se volvió a tratar. A don Fermín no le extrañaba que hubieran jugado póquer desde aquella noche. Mientras le llovían memorias, echó mano del pañuelo con la mano izquierda, como acostumbraba, sosteniendo las cartas en su mano temblorosa. Tenía un par de ases, pero nada más. Entendió lo que seguía.

––Tercia de reyes ––dijo Nicanor sin emoción, descubriendo su mano––. Usté dirá y que no se le olvide que ya lleva tres días arriba.

Don Fermín bajó sus cartas, pero no pronunció palabra. Por un instante fugaz, como siempre que perdía, pensó en ignorar a escondidas las regulaciones que el dueño anterior sentó. Entonces, como sucedía invariablemente, recordó la advertencia, temible e inclemente, que aquél les concedió. Hizo memoria de las proféticas indicaciones del señor que de alguna manera dispuso que, el día en que se rompieran sus normas y se olvidara la trascendencia del juego de azar, el monumental reloj de la sala volvería a andar y el tiempo transcurriría de nuevo en la mansión como lo hacía en el sótano. Y, en ese caso, ni él ni Nicanor. “Ahora, ni hablar,” pensó el perdedor. Levantó la vista, fortalecido por la calma que nace de la certidumbre, aunque sea de la derrota, y dijo:

––Que pase buena noche, don Nicanor.

“Igualmente,” respondió cálido el nuevo señor de la casa al subir las escaleras. Fermín no se tomó la molestia de quitarse el saco para guardarlo en el ropero, sabiendo que don Nicanor prefería los trajes azules. Removió sus zapatos y se recostó en la cama con la intención de dormir. Sin embargo, por varias horas no pudo retirar de su mente la idea, tangible y contundente, que lo privaba del sueño cuando pasaba la noche allí. De repente, entre pensamientos y sueños enmarañados, apretó los dientes para decir pausadamente, en voz baja y con el ceño fruncido, “me estoy haciendo viejo.”

2 comentarios to “Los Años en La Cocina”

  1. [KwZ] said

    “LE TEMPS DETRUIT TOUT”.

  2. Kurazaybo said

    “El tiempo es una tormenta en la que todos estamos perdidos”

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